Sobre las notas aquí en el blog.

El poner las notas aquí en el blog viene para dar respuesta a dos necesidades: la primera que el alumno tenga su nota cuanto antes (no solo es de agradecer, sino que, además, hace que la nota sea verdaderamente útil); y la segunda para que los padres, sin duda, también sepan, lo antes posible y a tiempo, cómo marchan sus hijos.
Es por esto que se ruega que no se hagan circular por otros lugares y otros modos para evitar que se saquen de contexto.
No obstante, si alguna familia tiene problemas con conocer las notas de su hijo por anticipado aquí en el blog, no tiene más que hacérmelo saber.

Controles de mapas

Aquí se colgará la información al respecto a lo largo del curso.
Mostrando entradas con la etiqueta calendario de carreras populares. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta calendario de carreras populares. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de febrero de 2019

Tres en uno: un maratón, un maratón antes del maratón y un maratón después del maratón.



A veces mi torpeza hace que haya experiencias que no se puedan relatar en diez líneas ni sentimientos que se puedan transmitir en dos minutos. Y, sin duda, es torpeza porque Pablo sí que puede.


Tres en uno: Un maratón, un maratón antes del maratón y un maratón después del maratón. El padre de Pablo.

“El reloj sonaba a las seis como cada día, pero hoy, sin conciencia y sin querer, me di cuenta de que, sin motivo alguno, una enorme sonrisa iluminaba mi cara nada más levantarme…”.


Un maratón antes del maratón.

El maratón antes del maratón comenzaba antes de lo que pensaba. Llegaba con Pablo a la feria del corredor el viernes por la mañana, donde me habían pedido que fuéramos a acompañar a unos alumnos. No preguntéis por qué: nada más bajarlo del coche, Pablo empezó a chillar y a manotear. Era solo un parking en superficie como cualquier otro, pero está claro que para él era distinto, él tiene memoria: aquél para nosotros no es el aparcamiento de Fibes, es el parking del maratón.

Ya el sábado buscamos alojamiento cerca de la salida para hacer más factible llegar a tiempo a la salida (gracias José Antonio, gracias Jaime). Y es que ese adelanto que se ha generalizado en el inicio de las maratones a las ocho y media de la mañana a nosotros nos ha matado. ¿Estar con Pablo a las ocho y media? ¿Complicado? Vaya, llamarlo complicado es un vulgar eufemismo.

Y continuamos con la puesta a punto y traslado de la silla de correr y la maleta con toda la equipación de Pablo. Pero el maratón antes del maratón se puso especialmente complicado a la hora de acostarnos: Pablo volvía a tener memoria. Él reconoce el escenario, le huele a maratón y su estado de excitación era total: gritos, risas y gritos y más risas, y el reloj que marcaba las horas. Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una, y las dos y las tres. Puffff, y las tres. A las tres lo venció el sueño y a él le dio para dormir algo menos de cuatro horas, aunque a mí, que se me abrieron los ojos a las cinco, me dio para solo dos. Y recordé las palabras de Abel Antón cuando hacía unas horas por la tarde decía lo importante que era dormir si quiera fueran cinco horas. ¡Cinco horas!

Y siguieron pasando los kilómetros de nuestro maratón antes del maratón. Llegó la hora de bañar a Pablo, darle el desayuno y así llegamos al muro: vestirlo. Camiseta térmica: cuela un brazo por una manga y luego, con toda su excitación, flexiónale el otro sin que saque el primero, sin que agarre la manga por dentro… Y luego la segunda camiseta térmica. Y luego el polar. Y luego los calcetines, y las mallas térmicas… Flexiona una pierna y que no flexione la otra, y cuela una pierna, sin que saque la otra pero la termina sacando y lo vuelves a intentar una vez y otra… Y luego el pantalón. Y el cuello polar. Y los guantes: ¡Con sus cinco dedos cada uno! Y coloca el abrigo y ponlo en la silla y pon las cinchas y ajústalas y pon el dorsal…

¿Hora? Ocho y veintidós. Eran casi y veinticinco cuando empezamos a correr para intentar no llegar demasiado tarde a la salida. Siempre cuentas con los minutos que pasan desde que suena el bang del disparo de salida (ése que no llegamos para escuchar nunca) hasta que pasa el último corredor… Pero, claro, con dos mil metros por delante…  Estaba claro; sí, no cabía duda: una vez más tocaba correr. Estrés y correr viendo pasar los minutos por el asfalto de calles vacías y sintiendo que no llegábamos. Agotador: es la sensación real de que no puedes más y que el maratón suena demasiado grande. Al final, llegamos al final del maratón antes del maratón: cuando doblamos la última calle y enfilamos el Paseo de las Delicias con el arco de salida al fondo, la carrera, efectivamente, ya había salido. Solo quedaba el testigo de un rosario de sudaderas y camisetas. Y allí, sonreímos y respirábamos, comenzamos a cantar para atravesar nuestro arco de final del maratón antes del maratón. Tocaba relajarse y empezar a disfrutar del maratón.


Un maratón.

Íbamos al final del final, como siempre. Y, para nosotros, es ya no solo una sensación familiar, sino diría que incluso hasta agradable. Ése es nuestro lugar. En el último lugar estamos cómodos. Y Pablo no se hizo esperar. Ni cien metros, diría que ni cincuenta: ya sonreía y al momento reía. Miriam, su hermana, desde la bici de apoyo le jaleaba y yo le cantaba y él sin hacerse esperar empezó a chillar y, al punto, en cuanto escucho mi gritar de “choca Pablo, choca”, a la primera, sin hacerse de rogar, como quién estaba deseando, levantó su mano y sucedió ese milagro que supone ver cómo su mano derecha choca con las que se ofrecen en la primera valla. Ver esa sonrisa inundando su cara, verlo manotear, verlo levantarse de la silla a pesar de las cinchas que lo sujetan, verlo derrochar chillidos es un espectáculo adictivo. Ver a tu hijo, ése que recién nacido nos dijeron que iba a ser “un mueble bar” en el salón, verlo cómo es el más vivo de los vivos, verlo cómo es la persona que más disfruta del mundo, ver la pasión que derrocha y la que nos despierta, ver cómo es capaz de despertar en mi garganta los decibelios que nadie ha conseguido, ver que es capaz de hacerme chillar y cantar hora tras hora sin importarme (¿cómo importarme?), sin importarme nada más allá de ese círculo invisible que nos envuelve y que nos lleva rodando por todas las calles de una Sevilla que durante unas horas es suya, es de Pablo.

Y así fuimos, con más miedo que vergüenza porque mis lesiones son tan reales y objetivas como estas teclas con las que en este momento estoy intentando transmitir tantas cosas. El isquio ya dolía en el kilómetro cuatro: “Miriam –le dije a mi hija, la hermana de Pablo-, esta vez no terminamos”. Pero fueron pasando los kilómetros y llegó Juan, nuestro querido Juan, uno de los fisios de Pablo, que nos acompañó como apoyo con otra bici. Alguien que ya es en casa mucho más que un fisio…

Pero si no se terminaba, qué más daba: ¡cuánto valía lo que estábamos viviendo! ¿Cuánto valían todos esos gritos de “Pablo, vamos Pablo”? ¿Cuánto valían todas las caras de ilusión que despertaba Pablo a su paso? ¿Cuánto vale ver cuánto vale tu hijo? ¿Cuánto? Al final, Pablo iba dejando tras de sí un reguero de risas, manos que se alzaban, gritos, palmas y lágrimas, lágrimas de alegría.

Y Pablo se cansó y mucho. Y es que su derroche de vitalidad es la caña. Y esto mezclado con la falta de sueño… El pobrecillo por varias veces ocurrió que me escuchó gritar: “¡Pablo allí! ¡¡Choca!! ¡Arriba la mano! ¡Más arriba! ¡Choca, choca!” y, más de una vez, terminó por levantar la mano, sí, ¡Pero hasta con cara de dormido!

Pero al rato resucitaba de nuevo y se volvía un basilisco incontrolado. Y con ese vozarrón de chaval de veinte años gritaba y reía y chocaba. Y, con varias paradas para que Juan tratara mis isquios, la carrera fue avanzando. Y vimos a Maite (¡¡¡¡¡su madre!!!!!! ¡¡¡¡¡Mi mujer!!!!!) y a sus otras dos hermanas, a Ana y a Laura, y le gritaron y les brillaron los ojos y se me saltaron las lágrimas. Y vimos a sus tres abuelos y los vimos brillarles los ojos y temblar orgullosos de su nieto.  Y a mí se me escaparon las lágrimas cada vez que en esa vorágine de gritos, risas y emociones, me paraba a pensar: “Está ocurriendo, está pasando otra vez. Disfrutar con él, verlo disfrutar así, verlo disfrutar tanto, quién nos lo iba a decir. Gracias, gracias, gracias, Dios mío por este regalo, por este regalo que nunca soñamos”.

Y, sin saber ni cómo, terminamos por acelerar el paso y los kilómetros finales se antojaron hasta cortos, la fiesta estaba en su cénit, mi garganta no podía más y Pablo tampoco y apuramos a toda velocidad los últimos kilómetros y, hasta sin darnos cuenta, los últimos metros. Cachis, qué rabia: en vez de saborearlos a fondo ralentizando la marcha, los atravesamos a toda velocidad. Se me fue la olla y con mi “¡¡¡¡Vamos Pablo, chilla Pablo, vamos Pablo!!!!! ¡¡¡¡¡Sí, sí, sí!!!!! ¡¡¡¡Vamos, vamos, vamos!!!!!” no me di cuenta y se me fueron las piernas hasta el punto de volar y atravesar meta.

Y allí un campeón llamado Fermín impuso su medalla a otro campeón llamado Pablo. El sueño se había cumplido y los Reyes Magos nos habían dejado el regalo que le habíamos pedido: correr el maratón y no lastimarme.


Un maratón después del maratón.

Abrazar a Pablo al atravesar meta es algo que no puedo explicar, para qué voy a intentarlo. Lo achuchas, lo besas, le muerdes la oreja y le dices que lo quieres. Ya está. Lo demás es cosa nuestra.

Y por romper la tradición, esta vez no se enfadó al detenerse la silla. Hay tradiciones que está bien romper. Y por romper la tradición tampoco se enfadó al entrar en el hotel. Bendita ruptura de tradiciones.

Después tocó que comiera: y es que ya era hora, desde luego, porque él, en carrera, ni geles ni agua ni nada. Y tocó bañarlo y después ducharme y recoger…. ¡¡¡Y comer!!!! Por dios, el maratón después del maratón lo tengo asociado al hambre, al hambre mortal.

Pero, claro, todas las tradiciones no se rompieron- Era mucho pedir. Avanzamos y los kilómetros del maratón después del maratón alzanzaron al momento de acostarse. Yo a las nueve no podía más y me fui a la cama y Pablo a continuación. Y ahí sí que nos estaban esperando “los calambres”. Sí, es un clásico, lo acuestas y Pablo en ese momento se transforma. Es como si le dieras a un botón escondido y accionaras algún mecanismo recóndito y él empezara al punto a chillar de repente. Sí, primero lanza un primer chillido tímido, como de prueba, y al poco otro más fuerte y en seguida otro aún más fuerte y ya rompe a reír, a echar carcajadas y a chillar como un loco… ¡¡¡¡Se le vienen imágenes de la carrera y la revive el tío!!!!! Y es que chilla y carcajea aún más que en carrera, se le oye en toda la casa y los vecinos y qué se yo quién. Se le debe escuchar hasta en la Conchinchina. Y chilla y chilla, y ríe y ríe como un adefesio sin control alguno hasta el punto de enloquecer.

Y, al principio, te alegras: ves a tu hijo feliz como nadie. ¿Alguien podría igualarlo? Y tienes claro que no, que ser tan feliz es, sencillamente imposible. En ese partido, gana a cualquiera por goleada.

Pero también al maratón después del maratón llegan los kilómetros difíciles: y es que, de nuevo, nos dieron las diez y las once, y las doce y la una… Y a la una llegó el muro. Ya no podía más: sin haber dormido la noche anterior, con más de cuarenta kilómetros en el cuerpo, sin poder pegar ojo ahora y con el reloj que inexorablemente sonaría a las seis de la mañana para ir a trabajar.

Y sin más, más que enfadado con mi pijama, busco un almohadón y me voy para el salón, y me estoy acostando en el sofá tapándome la cabeza mientras digo “esto no merece la pena, no merece la pena”.

A las tres él ya se había dormido y yo me volvía a mi  cama.

Pero, finalmente, alcanzamos también el arco de llegada del maratón después del maratón. Llegó por la mañana, cuando “el reloj sonaba a las seis como cada día, pero hoy sin conciencia y sin querer me di cuenta de que, sin motivo alguno, una enorme sonrisa iluminaba mi cara nada más levantarme…”. Merecía la pena, claro que sí, vaya si la merecía.

Gracias, gracias, gracias. Gracias a todos los que nos ayudáis, gracias a mis hijos, los hermanos de Pablo, gracias a Maite por permitir esta locura, porque ella de esta historia se come los kilómetros amargos pero no disfruta de todos los kilómetros dulces (¡¡¡¡¡gracias!!!!!!), gracias a todos los que sonreísteis con nosotros, gracias a todos los que chillasteis a nuestro paso, gracias a todos los que disfrutasteis con nosotros haciéndonos disfrutar, gracias a todos los que hicisteis feliz a Pablo chocando esa mano derecha que se levantaba a vuestro paso. Gracias a todos los que hicisteis posible que el milagro ocurriera de nuevo.

sábado, 16 de febrero de 2019

Domingo de maratón...

Llegó el día. La cita: domingo 17 de febrero, 8:30 de la mañana. 
Todo apunta a que sí, que mañana estaremos ocupando nuestro sitio: en la cola de esos 13.000 corredores que mañana recorrerán las calles de Sevilla. 
Parece que sí, que hemos llegado, parece que el tiempo nos respeta y la salud también. Parece que echaremos a trotar y ya veremos hasta dónde nos lleva ese ritmo de 7 km/minuto... Ojalá que nos lleve de vuelta junto al Parque de María Luisa donde, si todo va bien, estaríamos entre la una y media y las dos del mediodía. Ayer recogimos nuestros dorsales: la suerte está echada.

Ojalá me veáis entrar en el instituto el lunes con un andar normal. A los Reyes Magos se lo pedí este año: poder correr el maratón con Pablo y, además, sin lastimarme. Sería una más que agradable novedad.




viernes, 25 de enero de 2019

Volver a empezar!!!

Vosotros lo sabéis bien... sabéis de lo que estoy hablando...
Casi un año después, y tras una lista interminablemente aburrida de lesiones, estaremos nuevamente a la cola de la línea de salida. Sin aún llevar ni un mes corriendo, basta con haber completado con Pablo la semana pasada 15k y el sábado en solitario 22k. Eso hace imposible retener la maquinaria de la ilusión: estaremos en la Media de Sevilla este domingo con la esperanza de disfrutar e incluso de terminar y de, incluso, no lesionarme. ¡Por pedir que no quede! ¡¡¡En Nochebuena no nos lo habríamos creído!!!

martes, 27 de febrero de 2018

Gracias, una y mil veces más.

Estaba bien avanzada la carrera. No sé en qué kilómetro fue, pero el solo pensar lo que habríamos dado el año pasado por ver esta imagen. La vida, literalmente, la vida. La alegría me hinchó literalmente el pecho y no pude evitar echar unas lágrimas. Se ve que con la edad me estoy volviendo blando.
Espero que viendo imágenes como ésta muchos comprendan que es completamente cierto, que no es exagerado decir que con Pablo el disfrute es mayor y que con él el maratón es muchísimo más fácil. Que no se me malinterprete. No es modestia: es simplemente cierto. No es heroicidad: es sencillamente un privilegio. 

Con Pablo es fácil descubrir que sufrir, lejos de ser incompatible, es un complemente perfecto de eso que llamamos ser feliz.

En un mundo tantas veces hedonista, con Pablo juegas con ventaja: estás abocado a descubrir que, al contrario, la vida está en darse, en entregarse. ¡Y hay que ver cuánto recibes después! Por mucho que ayer lo llevara y empujara su silla, por mucho que dolieran las piernas, los brazos,... jamás de los jamases podré devolverle una mínima parte de lo que esas risas y gritos y manoteos me dan, nos dan. 
Cuando salíamos la mayor de las incertidumbres no era si mis lesiones nos permitirían completar el recorrido, sino si Pablo después de tanto tiempo volvería a hacernos soñar. Y es que Pablo es Pablo: es libre. ¿Se alegraría? ¿Reiría? ¿Volvería a gritar? ¿Chocaría sus manos al grito de "¡¡¡¡choca Pablo!!!!?
Esa sí que era LA incertidumbre.

Pero no quiso hacerse de rogar: ¡Se arrancó nada más cruzar!

¡Qué poco necesita! ¡Qué poco para arrancarse! ¡Qué poco para ser el más feliz del mundo! 
Para él es más que suficiente con ver a lo lejos un grupo de gente y que le chille "¡¡¡Allí Pablo!!! ¡¡¡Mira los niños!!!! ¡¡¡Choca Pablo!!!!" Y así de forma milagrosa compruebas que su mano derecha se levanta. Y le vuelves a gritar: "¡¡Más arriba Pablo, más arriba!!!". Y a continuación, compruebas el milagro de que lleva su mano más arriba. Y cuando ves que los desconocidos levantan su mano y Pablo les choca uno tras otro, explotas. No puedes menos que explotar y saltar de alegría con él. ¡¡¡Lo ha vuelto a hacer!!!!
Y así kilómetro a kilómetro. ¿Qué son los calambres viendo semejante espectáculo?

Y él se entrega y se entrega, y le canto y chilla, y se cansa y se recupera, y me canso y le pido que chille, y no puedo más y lo miro, y no puedo más y continúo en la cuenta atrás que nos va dirigiendo a la meta, y no sé si queremos llegar o prefiero que se alargue todo un poco más. Y ves esas calles repletas de gente que chillan y que emocionan a Pablo y lo hacen, sencillamente, la persona más feliz del mundo. Y yo, de rebote, tengo la suerte de ser su padre y de contemplar el espectáculo en la barrera, en primera fila. Y no quieres que termine... hasta que ya no puedes más y atraviesas la Barqueta y ya, por primera vez, sí pides casi sin querer que termine la fiesta, porque las piernas no dan para más, y que llegue el estadio y puedas abrazarlo, achucharlo, estrujarlo.

¿Hay alguna duda de que somos la gente con más suerte del mundo?

Un millón de gracias a todos los que por esas calles gritasteis, a todos los que levantasteis la mano y Pablo chocó, y a los que no llegó a tiempo a chocar, a todos los que reísteis con nosotros, a todos los que os alegrasteis con nosotros. A todos los que, en definitiva, hicisteis que Pablo, una vez, más fuera feliz, el niño más feliz del mundo. A todos los que conseguisteis hacer del día una fiesta, una aventura inolvidable. Gracias a todos los que disfrutasteis con nosotros y a los que hicimos disfrutar.
Un millón de gracias a todos los que de mil y una maneras nos habéis ayudado y nos ayudais, a que el sueño continúe.


¡Quién nos iba a decir cuando nació Pablo que con tantas limitaciones nos iba a hacer vivir tanto!
¡Imposible no dar gracias a Dios por todo lo vivido!



sábado, 24 de febrero de 2018

Maratón de Sevilla: ya lo tenemos aquí.

Nervios e incertidumbre, mucha incertidumbre: cómo lo pasará Pablo y cuántos kilómetros aguantará su padre. Dos preguntas imposibles de quitar de la cabeza.
La salida, mañana a las 8:30. Nosotros, como siempre, saldremos los últimos, al final del final: unos 7/8 minutos más tarde.
Intentaremos ir a siete minutos por kilómetro durante todo el recorrido. Ya veremos hasta dónde aguanta la gasolina. Quién sabe! Lo mismo, después de tantas vicisitudes y adversidades, hasta conseguimos llegar al Estadio de La Cartuja pasadas las 13:30. Soñar es gratis!

Si te pica la curiosidad, puedes descargarte la APP "Zurich Maraton de Sevilla 2018" e introduciendo nuestro número de dorsal puedes tener en tiempo real nuestra posición en carrera en tiempo real.





¡No te puedes imaginar cuánto daría por repetir una imagen como esta!
Resultado de imagen de jose manuel y pablo roas

Y, ya puestos, ¿por qué no desear entrar caminando con normalidad el lunes en el instituto? Resultado de imagen de guiño emoticono

domingo, 21 de enero de 2018

Una semana para volver a empezar...

Después de un 2017 duro, muy duro, plagado de adversidades y dificultades, apuntamos al domingo 29 como si fuera el arco de salida de este 2018. En una semana, primera media maratón del año... si nada se tuerce en estos siete días.
Resultado de imagen de MEDIA MARATÓN LA CARTUJA

martes, 9 de mayo de 2017

Qué te parece la fotografía que nos han enviado?

Lo de los Premios Princesa no solo sigue adelante, sino que nos sigue sorprendiendo. Para muestra, este botón. Nos llega desde Elche.

Sorprendido, abrumado, agradecido.

viernes, 28 de abril de 2017

¡Qué pasada!

Increíble que el Maratón de Nueva York de este año utilice esta instantánea en sus correos. ¡¡¡Qué momentazo!!!!
La imagen puede contener: una persona, texto

lunes, 30 de enero de 2017

Imágenes preciosas...

Me ha emocionado verlas. Para mí, ver así a Pablo me llena de orgullo. No puedo evitar compartirlo con vosotros.

¡Terminamos!

La imagen puede contener: una o varias personas, árbol y exterior

La imagen puede contener: 9 personas, personas de pie, niño(a) y exterior

Finalizamos la primera carrera del año: la Media Maratón de Sevilla. Demasiado rápido, eso sí, y con un cierto riesgo, por tanto. En menos de dos horas  atravesamos la meta del EStadio de la Cartuja. Como siempre, Pablo no decepcionó y levantó su mano para chocar a un montón de gente. Hoy, como no puede ser de otra manera, ronco del lote de cantar y chillar que me pegué con él.

jueves, 12 de enero de 2017

38 días para el Maratón de Sevilla.

Ya nos han inscrito para el próximo maratón de Sevilla. Ahora tocará cruzar los dedos y no lesionarse, que Pablo siga sano y que no llueva. ¡Vamos a ello! ¡Deseando revivir imágenes como ésta!

jueves, 1 de diciembre de 2016

Algunos ecos del Maratón de Nueva York

Ya sabíamos que correr en NY no pasaría desapercibido. Se van publicando cosas y no faltan algunos proyectos. En el número de diciembre de la revista Sport Life han sacado un reportaje emotivo y simpático. A ver si tengo tiempo y os lo escaneo y lo cuelgo aquí.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

Por si te apetece...

Entrevista dada a Onda Cero la semana pasada:
http://www.ondacero.es/programas/transistor/audios-podcast/entrevistas/jose-manuel-roas-con-pablo-no-es-correr-es-disfrutar-por-unas-horas-fue-el-rey-de-nueva-york_20161108582118e10cf24962cc1b81ea.html



jueves, 6 de octubre de 2016

Última entrevista, por si te apetece

Se grabó esta mañana en el recreo y la emitieron sobre la una. Es la última entrevista que nos han hecho. Por si te apetece, puedes escucharla a partir del minuto 29:15.

lunes, 16 de mayo de 2016

¡¡¡Volvimos a disfrutar!!!

Hemos vuelto a disfrutar (10k Distrito Sur). Pablo lo ha vuelto a conseguir: ha conseguido levantar temprano a sus padres un domingo y, además, no ha defraudado y ha hecho que valga la pena. No va a haber más remedio que seguir... Qué pasada, qué gran regalo del Cielo el descubrir cuánto puede llegar a disfrutar... Impagable.

lunes, 23 de febrero de 2015

Gracias, gracias, gracias.



Por encima de todo una palabra resuena en mi interior: Gracias, Gracias, Gracias. ¿Cómo no estar agradecido a todo lo vivido en estos días?

22 de febrero de 2015. Y el día comenzó negro y haciendo todo lo contrario de lo que se espera al preparar una carrera: estrés y más estrés. De todo menos masajes y estiramientos. El día empezó, como tantas veces, de noche, sencillamente “oscuro”. Las bicis, necesarias para que Miriam y Ana nos acompañasen, no entraban en el coche ni a tiros. Me tuve que poner las pilas para desmontar asientos con una linterna. Toda una paliza.

Querían que llegásemos a eso de las ocho y media. ¡¡¡Ocho y media!!!! ¿Con Pablo y todo la “maratón” que él necesita? ¡Eso es ciencia ficción y no la de la Guerra de las Galaxias!
A las ocho y media, solo conseguíamos aparcar el coche a dos kilómetros de la línea de salida. Y baja bicis, baja carro, mete a Pablo en el saco, sube a Pablo en el carro y corre y corre y corre.

Fue el peor momento del día. Corriendo buscando la salida yo pensaba que quién me mandaba meterme en esto. Fatigado y jadeando, viendo cómo me dolía todo el cuerpo y, sobre todo, con un pensamiento que me martilleaba y que me hundía: lo del año pasado era irrepetible y me daba que en esta ocasión Pablo no iba a disfrutar como entonces. Así, no era de extrañar que no dejase de pensar que lo de este año era sencillamente imposible o, sencillamente, pretencioso.

Ocho cuarenta: llegamos a la salida. Sólo sé que me dijeron “bien, habéis llegado a tiempo”.  Yo estaba aturdido, nos presentaron a mucha gente, que nos mostraban su cariño. Sólo respiré cuando en el premio que nos entregaron aparecía el nombre de Pablo. Me emociona más ahora recordarlo que en aquél momento.

Cuál sería la próxima maratón, nos preguntaron. Mañana lunes, la de mañana. La verdadera maratón es la de todos los días. Y la carrera se lanzó.

Salimos por detrás del coche fin de carrera y nos pusimos a lo nuestro: cantar y cantar. “La de un pirata es la vida mejor…”.

¿Y qué pasó? Pues que nos esperaba un regalo que, desde luego, no merezco… pero Pablo sí. Pablo se lo merece por tantos días en la colchoneta, por tantos días dependiente, por tantos días de un otoño tan difícil como el que ha pasado, por tantas sonrisas como nos da, por tanto como nos perdona, por tanto como se deja querer. Él sí que se merecía ser el protagonista por un día. Él sí que es el verdadero protagonista: el que vive en primera persona su propia cruz. Los demás asistimos y lo asistimos.

¿Qué qué pasó? Que Pablo gritó y gritó y gritó y gritó y gritó. ¿Más que el año pasado? ¡¡Aunque parezca imposible!! ¡¡Más que el año pasado!! Se revolvía en el carro, se tensionaba al límite levantarse, sacaba las manos, agitaba los brazos y ponía esa cara de ansía, de enormes ansías que solo él sabe poner cuando quiere algo con todo su corazón y su cuerpo no le deja, esa cara que nos hace saber a todos los que lo conocemos que está en ese estado que los demás llamamos FELICIDAD.
Era imposible, y digo bien IMPOSIBLE, verlo y no emocionarse. Todo el mundo a su paso le aplaudía, animaba, chillaba. Pero el caso es que, al tiempo, en cuanto se avistaba un grupo de gente él se anticipaba, sí SE ANTICIPABA (cómo era eso posible, no lo sé, pero así fue) y él ya empezaba a chillar y a levantar y agitar los brazos.

Pasaban los kilómetros y los kilómetros y los kilómetros y él siguió así hasta el final. Todo el recorrido chillando, disfrutando, disfrutando, disfrutando.

¿El padre? ¡¡¡Qué más da el padre!!! Solo decir que el padre disfrutó casi tanto como él, porque lo siento por nosotros, las personas “normales”: porque nunca tendremos esa capacidad de disfrute que ayer vi en mi hijo Pablo. Imposible: eso está vetado solo para los santos y los ángeles. Y eso es Pablo: un santo, un ángel.

¿El padre? Pues el padre como sus hermanos que tuvieron junto a otros el privilegio de acompañarlo, disfrutaron de la suerte de verlo y acompañarlo. Y es que yo, si no lo veo, no lo creo. Por eso me cuesta contar esto, porque tengo la sensación de que resulta imposible en unas líneas relatarlo. Las experiencias son más para vivirlas que para contarlas. Como las fotografías.

Por mucho que lo cuente, es difícil de entender. Muy difícil. No dejaré de parecer un exagerado. Aunque, si sumamos los testimonios -miles- de tanta gente que gritó a nuestro paso, y que dicen cómo veían a Pablo, tendremos los miles de fotogramas que componen la extraordinaria película de cuatro horas y media que vivimos ayer. Todavía se me saltan las lágrimas y se me forma un nudo en la garganta sólo con acordarme. Es de estos momentos que uno debe grabar y no olvidar.

Y esta es la historia. Y estos momentos queremos guardarlos, como si de flechas se tratasen, hasta llenar nuestra aljaba. Así, cuando lleguen –porque llegarán- otras maratones, otros momentos, otras batallas, tengamos con qué defendernos y hacerles frente. Para que no caigamos en la tentación de sentirnos los más desgraciados del mundo, porque no es así. No es así. El día de ayer nos enseñó otra vez, nos recordó, que tenemos la suerte de convivir con un ángel. Y nuestro ángel fue ayer el protagonista.


Gracias, gracias, gracias. No tenemos más que decir GRACIAS a todos lo que nos habéis ayudado, a todos los que nos habéis facilitado, a todos los que nos habéis acompañado, a todos los que nos habéis animado. Gracias a todos los que hicisteis posible que ayer un ángel disfrutara por las calles de Sevilla. Por cuatro horas y media el cielo bajó a la tierra.


viernes, 20 de febrero de 2015

Solo dos días...

Algo más que unas simples líneas discontinuas verdes.
Salía esta mañana para el instituto como siempre: con el estrés de intentar dejar el máximo adelantado en casa y pensando en las clases y en mis alumnos... A todo esto, una sencilla imagen me alegró y el corazón se me aceleró. El camino ya está trazado y esperándonos. Solo dos días: el camino está trazado.