Los Lakers son enormemente favoritos. Pero juegan contra unos Magic que les dominaron (0-2) en Temporada Regular con, eso sí, con 55 puntos entre los dos partidos de un Nelson que no estará tampoco en la final o lo hará (eso apuntan los últimos rumores) pero tras una inactividad muy larga. Si alguien cree que este dato (el 2-0 de Orlando) no es importante en playoffs, ahí queda su 6-3 contra Celtics, Cavaliers y Lakers y las crónicas de cómo les ha ido a los dos primeros ante los de Florida.
La eliminatoria trae certezas e incógnitas. Desde luego, bajo los aros se librará una batalla fundamental. Dos de los equipos más potentes en el aspecto reboteador (los Lakers superiores estadísticamente) e intimidador, y Howard como llave del devenir de la serie. Cleveland no tenía forma efectiva de crear en el poste para ponerle en aprietos defensivos y le buscó las faltas (con buen resultado) a base de penetraciones de LeBron.
Los Lakers sí tienen poder interior y una amenaza tan creativa como Gasol, que no es el tipo de pívot al que más gusta defender a Howard. Con Gasol, Odom y Bynum jugando dentro (si los Lakers cargan el juego interior como hacen casi siempre que las cosas son como deberían) y Kobe penetrando, Howard puede tener problemas de faltas. Su único defecto, dentro del enorme intimidador y defensor que es, pasa por no medir bien la salida a algunas penetraciones. Y eso es lo que puede aprovechar Bryant para cumplir con dos máximas evidentes: que los Magic no son lo mismo sin D12 y que la mejor forma de parar a éste, casi la única, es tenerle sentado en el banquillo.
A partir de ese hipotético 1-0, los Lakers tomarían el control y someterían a los Magic a la definitiva prueba mental, el test más duro de preparación ya en los fastos de la gran final. Si por el contrario los Lakers patinan el jueves, todo cambiará y empezará a ponerse más azul, no definitivamente en cualquier caso. Porque Orlando es un equipo absolutamente exultante, crecido y capaz de todo, con Howard en su mejor momento y mejorando partido a partido en las que habían sido sus grandes taras hasta ahora. Sus porcentajes de tiros libres mejoran incluso en los minutos calientes y está descubriendo la habilidad para pasar el balón a sus tiradores una vez que ha recibido dentro.
Con un pívot tan demoledor, tiro exterior, líderes (Turkoglu), jugadores de clase excelsa (Lewis), de rachas peligrosas (Alston), de frescura vitalista (Lee), en estado ideal de forma (Pietrus) o incluso obreros fiables de segunda unidad (Gortat), se convierte en lo que es: una franquicia que está en la final con todo merecimiento a pesar de que habrá quien siga menospreciando a Van Gundy, muy buen entrenador y gran motivador.
El hombre que escribió bien grande “32-1” en la pizarra de su equipo después del séptimo partido en Boston, donde rompieron una marca inmaculada de los Celtics, donde dieron el paso al frente que les reafirmó definitivamente y donde empezaron a lanzar un mensaje que ya es un clamor, una amenaza a gran escala para los Lakers, favoritos en cualquier caso y a cuatro pasos, cuatro victorias, del decimoquinto anillo, del cuarto de Bryant, del décimo de Phil Jackson y, por supuesto, del primero de Pau Gasol.